V. Sica

Ladrón de Bicicletas - 1948

Las personas tenemos la tendencia a interpretar la realidad de acuerdo a esquemas mentales existentes.  Respondemos a situaciones moviéndonos, las imágenes son causa del movimiento y todo ello se encadena de una manera realista, que se puede interpretar mediante esquemas mentales establecidos.

El cine no escapa a esta cadena reactiva y tiende a ser un cine de tópico, un cine de acción, en el cual el espectador reacciona a la historia que se le cuenta, movido por las imágenes. Así como existe un mecanismo óptico que suaviza la desconexión entre imágenes y las interpreta visualmente como una acción continua, así el esquema mental pre-construido en las mentes establece el significado de los tópicos y los ajusta a las imágenes mentales y a las interpretaciones existentes.

Pero la realidad cotidiana es muy sorprendente si se la mira desde una óptica distinta, más centrada en la imagen pura y no tanto en la respuesta automática que ella sugiere. Los cineastas, como los pintores, los escritores y los músicos, lo saben y han estado jugando, de manera cada vez más atrevida, con esos espacios. Una de estas aproximaciones es la del neorrealismo, el cual,  citando a Bazin, es “una nueva forma de la realidad, supuestamente dispersiva, elíptica, errante u oscilante, que opera por bloques y con nexos deliberadamente débiles y acontecimientos flotantes”. En vez de representar una realidad ya descifrada, el neorrealismo apuntaba a enfrentarse con la ambigüedad.

Se considera a Ladrón de bicicletas como un clásico del neorrealismo. En este bello trabajo de Vittorio De Sica se narra la historia de Antonio, un personaje humilde en la Italia de posguerra, quien sufre el robo de su bicicleta de trabajo, objeto conseguido con grandes sacrificios, perdiendo así sus posibilidades de traer sustento al hogar. Su hijo, un tierno y sensible niño, madura a la fuerza en compañía de su padre, mientras este trata inútilmente de recuperar su bicicleta. Esta historia simple, pan de cada día de la gente pobre, ha sido trabajada magistralmente por De Sica, creando impactos en el espectador, obligándolo a hacerse preguntas y a descifrar las complejas realidades a que se enfrentan los desempleados y los marginados.

Lo logra jugando con aspectos flotantes y dispersos, es decir, con la existencia de probabilidades, de opciones oscilantes, posibles, pero alejadas de los comportamientos esperados. Una bicicleta actúa en la película como elemento de dispersión, que torna una situación clara en un mar de probabilidades e inseguridades. ¿Quién puede teorizar sobre lo absurdo del robo, quién se escapa a sus arbitrariedades? Entre ellas se incluye el que sea tanto justo como injusto y también las actitudes de la  persona misma y sus opciones mentales: Puede ser a la vez víctima, perseguidor y salvador.

Ladrones de bicicletas, de Vittorio de SicaIgualmente, crea situaciones cíclicas en la historia, ciclos con centros múltiples y abiertos, de trayectorias aplanadas o redondeadas, elípticas, engañosas. En la cotidianidad pasan cosas, comunes y corrientes. Se pueden volver elípticas bajo la influencia de estímulos aparentemente inocentes. Visitar a una santa adivina que te dice lugares comunes bajo el influjo de invocaciones divinas, te puede afectar de forma insospechada, pues te hace cambiar el enfoque del devenir. Entonces los ciclos se aplanan y el tiempo adquiere un nuevo significado y aparecen nuevas opciones. El rompimiento de esquema puede ser tan fuerte, que se convierta en hipérbole (exageraciones, locuras o abandonos) o en parábola (reflexiones, nuevo conocimiento, cambio).

De Sica propone también un esquema errante en la historia, que tiene que ver con vagar por el mundo, como vagabundo. Es el esquema del monje mendicante, del habitante de la calle, del abandono, de la renuncia al oficio rutinario, del caminante. Cuando Antonio y su hijo deambulan por la ciudad, sin saber qué hacer, se vuelven sensibles a todo lo que pasa y se entretienen con cualquier observación, pasando por ciclos exhilarantes (en los cuales todo se ve bien) y por ciclos depresivos (en los cuales nada parece funcionar). Estos esquemas vagabundos no hacen parte de la normalidad sensomotriz, que está gobernada por los oficios, por el trabajo, por las rutinas de la vida. Las multitudes van apareciendo por todas partes en Ladrón de bicicletas, todas esas personas, especialmente hombres dedicados al rebusque, sugieren que hay una realidad errante subyacente en la sociedad, en lo cotidiano.

Fotograma de Ladrón de bicicletasEn el filme aparece lo oscilante, que tiene que ver con un ritmo cambiante, que va y viene. Lo cotidiano parece claro, pero si lo observas en detalle, es muy oscilante y nunca se termina de resolver. El problema es que las personas no tenemos muy clara la presencia de la perturbación ni mucho menos el orden subyacente. Cuando Antonio, su hijo y sus amigos visitan el mercado de partes usadas se dan cuenta del orden subyacente en ese enorme desorden del rebusque, del comercio, de la venta de partes robadas. Pero no podrían descubrir lo que realmente pasa, a no ser que lo vivieran directamente. No descubrimos lo oscilante, a no ser que oscilemos.

Cuando hay agrupamientos de hechos aparentemente desconectados y las cosas son más grandes de lo que parecen, de manera que hay atracciones y repulsiones entre ellas, se forman unos conjuntos que podemos denominar bloques (los cuales generan bloqueos). Esto sucede porque los conjuntos tienen superficies, profundidades, aspectos ocultos e inercia que se te viene encima. Entonces Antonio siente que se le viene el mundo encima, como un gran bloque de imponderables. Pero también intuye que existe poder y capacidad en el ánimo de su propio hijo, que le sirve de resonancia, que genera esperanza. El papel del niño es uno de los aciertos mayores de Ladrón de bicicletas, como elemento de liberación y de desbloqueo, el anuncio de un mundo nuevo, de lo mucho que queda por aprender y por descifrar.

Imagen de la película Ladrón de bicicletasFinalmente, todo está enlazado por nexos débiles, como corresponde a acontecimientos flotantes unidos por una lógica débil, difusa, confusa, suelta. Hay interconexión pero no es tan estructurada como para que se pueda predecir el devenir. Un niño es el maestro de su padre. Una solución imposible se resuelve con decisiones, como cuando la esposa de Antonio vende sus sábanas para comprar una bicicleta. Un ladrón es atrapado, pero está conectado con su madre y las cosas cambian, nadie lo puede condenar; otro ladrón es atrapado in fraganti, pero está conectado con su hijo y las cosas cambian también, la víctima del robo siente compasión y no lo acusa.

De Sica nos plantea la opción de detenernos en la imagen como tal, dejando que seamos videntes, que veamos más allá de la acción, que participemos, que nos liberemos de la dictadura de la imagen acción, de los esquemas preconcebidos. Nos hace una invitación al humanismo sincero, a la cercanía con el otro.

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